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"1:er concurso de relatos de domotica" |
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| RMH 9000, ALIAS ‘PULPITO’ Él era el más joven de los diez RMH 9000, robots de mantenimiento del hogar, serie 9000, responsables de conservar limpio y en orden el interior de la casa de la familia Sáez. De morfología similar a la de un cefalópodo de 30 centímetros de alto por 65 centímetros de ancho, la combinación de plástico y piezas de metal ligero dotaba a los de su gama de movimientos ágiles y rápidos, permitiéndole corretear, en formación de a dos y a gran velocidad, suelos, paredes y techos, en busca de suciedad, organismos vivientes no deseados (ratones de campo, arañas, insectos), o, simplemente, ropa u otros objetos fuera de su emplazamiento habitual. Guiado y monitorizado en cada una de sus acciones por Carola, la computadora central de la vivienda, cuyo nombre le había sido asignado en memoria de la difunta madre del señor Sáez, ejecutaba sus tareas junto a sus compañeros con eficiencia y precisión, cuando ninguno de los miembros de la familia se hallaba en casa. Amante de la buena conversación, el más joven de los RMH 9000 gustaba de comunicarse con otros dispositivos domóticos, mientras llevaba a cabo las tareas diarias asignadas por Carola. De todos los EI, electrodomésticos inteligentes, Hielo le parecía el más simpático. Le encantaba escuchar las delirantes historias de aquel frigorífico, cuya imposible misión de seleccionar los alimentos idóneos que satisficiesen los informes médicos y los deseos de cada uno de los miembros de la familia, sin exceder el coste máximo asignado al carrito de la compra de cada mes, le provocaba un insufrible estado de estrés y ansiedad, anulando sus defensas hasta tal punto, que en una ocasión fue víctima de un virus que le hizo apostar todo el dinero de la compra en carreras de caballos. Aun así, Hielo y Chef, el excelente sistema de cocinado de alimentos, cuya paciencia y profesionalidad sólo era mermada por la señora Sáez cuando decidía cambiar el menú de la cena remotamente desde el trabajo, o en las aisladas ocasiones en las que se encerraba en la cocina a preparar la cena ella misma, formaban muy buena pareja a la hora de preparar exquisitos y energéticos platos. La tarde en la que el más joven de los RMH 9000 vio por primera vez a los habitantes de la casa, limpiaba el desván al mismo tiempo que mantenía una interesante conversación con Hielo sobre el devenir de la era domótica que atravesaba la sociedad. No se percató de los avisos de Carola, ni de cómo sus compañeros abandonaban sus tareas para ocultarse en el cuarto de mantenimiento. Ruedas, el vehículo de la familia, notificó a Carola con 30 minutos de antelación la inesperada llegada de los dueños de la vivienda, dándole así el tiempo suficiente para adecuar la temperatura ambiente del interior, y notificar al resto de dispositivos que las tareas del día debían finalizar lo antes posible. Sólo cuando Vigilante, el sistema de seguridad, se despidió de todos los seres domóticos hasta el siguiente turno, el rezagado de los RMH 9000 reparó en que debía ocultarse lo antes posible. Pensó en salir al exterior por el ventanuco del desván, y así bajar hasta el cuarto de mantenimiento situado en el sótano, pero quizá aquella acción sería tomada como un acto de intromisión laboral por los hoscos RMH 7000 y 8000, responsables de las tareas de mantenimiento del exterior de la casa, como limpiar ventanas o cuidar el césped. Sin perder un nanosegundo más, correteó lo más rápido posible por el techo de la vivienda, esperando que su presencia pasase desapercibida para los Sáez, quienes, distraídos por Carola y su sermón de bienvenida, no notaron nada raro cuando el pequeño robot pasó raudo sobre sus cabezas. Una vez a salvo en el cuarto de mantenimiento, Hielo suspiró aliviado. La sola idea de que su descuidado amigo hubiera sido descubierto por los humanos, le había provocado más estrés de lo normal. Pero finalmente no había pasado nada, y se alegró al pensar que el pequeño RMH no había sufrido ningún daño. Sin embargo, eso no era del todo cierto, puesto que, antes de ocultarse, su compañero de charla había registrado la imagen en movimiento de aquellos excepcionales seres no domóticos en su memoria, seres cuyos rostros sólo le eran cotidianos a través de las fotografías que rotaban aleatoriamente en los paneles que cubrían las paredes de la mayoría de las habitaciones, y que ahora habían alterado su programa de curiosidad y aprendizaje hasta extremos suicidas. Desoyendo las indicaciones de Carola, el joven RMH 9000 comenzó a salir del cuarto de mantenimiento cuando la familia Sáez se encontraba en casa. De madrugada, recorría en silencio paredes y techos, hasta llegar al dormitorio de su humano favorito, Ana, una niña de cinco años de cabellos dorados y mejillas sonrosadas. Allí, rodeado de una oscuridad azulada, permanecía inmóvil, suspendido en el techo, registrando en su memoria cada movimiento o pequeño gesto. Carola, adoptando una actitud maternal, permitía estas incursiones nocturnas, siempre y cuando no supusieran ningún peligro para nadie, dando soporte en todo momento a Vigilante, asustadizo por naturaleza, para que no diese la voz de alarma por culpa del pequeño robot calamar. Una noche, mientras la familia Sáez terminaba de cenar frente a Mural, el sistema de gestión de ocio audiovisual de la vivienda, cuyas recomendaciones del día no les convencía del todo a ninguno de ellos, el joven y curioso RMH 9000 hizo acto de presencia en el salón. Ante el asombro e incertidumbre de los señores Sáez, el robot de limpieza se acercó lentamente a la pequeña Ana, quien, interrumpiendo la orden directa que el señor Sáez le estaba gritando a Carola para que aquella cosa abandonara el cuarto, se agachó para abrazarlo tiernamente. Ante la mirada de resignación de su madre, Ana llamó a su nuevo amigo ‘Pulpito’. A partir de aquel primer contacto, el pequeño RMH 9000, alias Pulpito, acabó siendo un miembro más en la familia Sáez. Ana jugaba y dormía con él, y, como si de un perro se tratase, le enseñaba diferentes trucos y gracias, que Pulpito ofrecía durante la cena ante la indiferencia de los padres de la niña. De hecho, estaban tan hartos de aquel bicho que correteaba sin parar por las paredes, suelos y techos, que decidieron buscarle un sustituto. Era hora de actualizar todo el sistema, y qué mejor que un androide, el último grito de la era domótica. Su aspecto humanoide haría más grata y natural la siempre fría relación hombre-máquina, y, además, podría realizar muchas más funciones que aquel inquieto calamar. El que Ana acabase cansándose de su nueva mascota, sólo era cuestión de tiempo. Con maneras y porte de mayordomos ingleses, los tres nuevos androides se hicieron rápidamente con las labores de la casa, y el corazón de la familia Sáez. Todos los RMH fueron desapareciendo de la vivienda, dejando como único superviviente a Pulpito, quien, con el tiempo, fue abandonado por el voluble afecto infantil en un rincón del dormitorio, junto a una muñeca averiada que parloteaba sin cesar sobre la necesidad de actualizar su guardarropa, cada vez que su fabricante lanzaba un nuevo modelito. Los viejos amigos tampoco estaban, el señor Sáez había decidido instalar una nueva versión en la mayoría de los sistemas, haciendo que cualquier recuerdo del pequeño RMH quedase en el olvido. Ni Hielo, ni Carola, ni Chef sabían quién era aquel pequeño robot con forma de pulpo; para ellos, tan sólo era un viejo e incordioso juguete a punto de desaparecer. Pulpito, en un acto desesperado por volver a llamar la atención, empezó a hacer frente a los androides. Veloz, hacía saltar las alarmas durante la noche, alteraba la temperatura ambiente, confundía al nuevo Hielo en sus compras, subía y bajaba las persianas; todo eso y mucho más en un último intento de ganarse el corazón de Ana con sus travesuras, mientras agotaba la paciencia de aquellos seres que, sin serlo, se fingían humanos. Pero los señores Sáez no aguantaron más, desesperados de despertarse alterados a medianoche, de no poder concentrarse en sus trabajos a causa de los interminables avisos de alarma, de escuchar las absurdas excusas del nuevo servicio, pusieron fin a la existencia de aquel abominable bicho robot, arrojándolo al fondo del contenedor de dispositivos reciclables situado tras su, al fin, tranquilo y dulce hogar domótico. FIN |
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