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ESTÍMULO PSICOLÓGICO

Armando Baranda estaba tirado en la cama de su dormitorio, despierto. A la hora programada la persiana se había subido completamente, dejando entrar la luz de la mañana en el cuarto para que así ésta le fuera sacando de su letargo poco a poco. El despertador había sonado a la hora fijada, como último aviso para que empezara a prepararse con el fin de ir a trabajar. Pero él, al igual que había hecho en los últimos tres días, ignoró la alarma y siguió remoloneando. Las horas continuaron transcurriendo y la luz que penetraba por la ventana había ido avanzando lenta pero inexorablemente, en aquel momento le calentaba casi todo el cuerpo y amenazaba con alcanzar la cabeza y darle en los ojos, así que decidió hacer algo al respecto:

-Bajar persiana – dijo al aire.

Al instante las persianas de la ventana de su habitación empezaron a bajar y Armando vio satisfecho como la luz del día retrocedía derrotada sobre las sábanas de su cama. Volvió a pronunciar otra orden:

-Alto – la persiana se detuvo. Necesitaría algo de luz para ver y prefería que fuera natural.

Hacía rato que su robot doméstico le había traído el desayuno a la cama y él se lo había comido todo sin dejar ni las migas. Se había quedado lleno y por eso le había vuelto a entrar sueño, así que había estado dormitando mientras la luz del sol iba reptando por las sábanas, calentándole y contribuyendo aun más a su inactividad.

Llevaba desde comienzos de semana sin salir de casa y todo parecía indicar que aquel día no sería muy distinto a los demás. No tenía ninguna necesidad de volver ahí fuera, la tecnología que poblaba toda su casa y su cocina se encargaría de reponer los alimentos e ingredientes adecuados a la dieta y platos que su dueño había especificado meses atrás, al instalarla. La lista de víveres se enviaría a los supermercados que resultaran elegidos después de realizar el cotejo de precios, gracias a un pequeño programa que él mismo había escrito, y los productos llegarían a su casa, siendo clasificados y almacenados en la despensa por el robot doméstico hasta que fueran necesarios. En la cocina, diversos aparatos colaboraban en la preparación de los platos, que luego el robot –más parecido a una mesa móvil dotada de brazos que a los androides pronosticados por las películas- cargaba sobre si para servirlos a su dueño. El robot también ejercía funciones de limpieza, utilizando varios módulos que venían junto con él en el embalaje: aspiradora, fregado, y limpieza con agua, además de otros.

Había pasado tanto tiempo holgazaneando dentro de casa, sin seguir un horario determinado, que estaba empezando a perder la noción del tiempo. Desvió la mirada hacia la mesilla de noche: en el despertador tres iniciales en inglés le recordaron que era jueves, y que habían pasado tres días desde que se había levantado sin ganas de ir a trabajar y había llamado diciendo que estaba enfermo. Desde entonces había configurado el teléfono para filtrar las llamadas de la empresa en la que trabajaba. Que se las arreglaran sin él durante unos días.
Se estaba empezando a animar algo y se incorporó en la cama. Apoyado contra la cabecera profirió otra orden:

-Robot, tráeme el terminal de comunicaciones.

El robot doméstico comenzó a desplazarse por la casa para responder a la llamada que el sistema domótico de la casa había identificado como dirigida a él. Oyó como el sonido de las ruedas del robot disminuía de volumen mientras éste se dirigía hasta el cuarto donde estaban los libros y el ordenador principal de la casa, y como volvía poco a poco hasta que la máquina atravesó el umbral del dormitorio y se detuvo silenciosa junto a la cama. Armando cogió el terminal de encima del robot, cruzó las piernas en la cama y se lo colocó en el regazo, encendiéndolo. El robot doméstico advirtió que ya no se requerían sus servicios y volvió a la cocina para continuar con lo que había estado haciendo.

El terminal inalámbrico consistía en una pantalla con teclado y ratón, muy similar a un ordenador portátil - con la salvedad de que era mucho más ligero. Permitía a su usuario utilizar a distancia los ordenadores de la casa, pudiendo realizar cualquier tarea que hubiera podido llevar a cabo estando frente a ellos.

Se conectó al ordenador que regentaba toda la tecnología domótica de la casa y comprobó el sistema calefactor. A pesar de que era invierno, el día había amanecido un poco más cálido de lo habitual y estaba empezando a hacer más calor del debido. Decidió bajar la temperatura de la calefacción a veinte grados y pensó en instalar un climatizador automático para no tener que volver a hacer aquello cada vez que al tiempo le diera por volverse loco. Después se conectó con el ordenador principal de la casa y empezó a valorar posibilidades: podía jugar a algún juego, navegar por Internet, terminar algún programa que tuviera a medias y un sinfín de cosas más... Al final se decidió por echarle un vistazo a los titulares de los periódicos, pero la diversión duró bastante poco, ninguna noticia consiguió llamar su atención durante más de unos breves instantes. No le apetecía seguir navegando así que dejó el terminal a un lado y se tumbó de nuevo en la cama, mirando al techo, hasta que una voz femenina le sacó de su ensimismamiento:

-Armando, contando con el de hoy serán cuatro días. Deberías ir a trabajar.

Armando resopló al reconocer la voz de la IA del sistema domótico, que provenía de los altavoces de la habitación. No tenía ganas de repetir otra vez la misma conversación que habían mantenido en los días anteriores...

-Creo que hoy voy a tomarme un descanso – respondió irónicamente.

-¿Estás realmente seguro de que vas a volver a faltar al trabajo? – prosiguió la voz.

-Absolutamente. Fuera no me aguarda ningún tipo de satisfacción, mientras que aquí puedo disfrutar de muchas maneras diferentes. Estoy demasiado satisfecho como para plantearme en serio el volver al trabajo.

La voz adquirió un tinte más severo y anunció:

-Iniciando programa de estimulación psicológica.

“No conozco este programa, es la primera vez que se ejecuta”, pensó Armando algo alarmado, mirando expectante los altavoces. Pronto la voz volvió a hablar:

-Cuota mensual de conexión a Internet, cuarenta y cinco euros; total de suscripciones a sitios de noticias, doce euros con cinco céntimos; cuotas de juegos multijugador, siete euros; alquiler de películas para el proyector, dieciséis euros con cincuenta céntimos, factura de la red eléctrica, veinte euros con setenta y cinco céntimos; factura de la compañía de aguas, catorce euros cuarenta céntimos; gasto estimado en comida basado en la dieta actual, ciento cincuenta y dos euros con veinte céntimos; gastos especiales de comida, veinticinco euros...

Armando no podía creer lo que estaba escuchando, la inteligencia artificial de su sistema domótico le estaba recitando un desglose de sus gastos mensuales para convencerle de la necesidad de ir a trabajar...

-...total de gastos estimados para el mes actual, cuatrocientos treinta y cinco euros con sesenta céntimos – la voz hizo una pausa, como esperando una reacción por parte del oyente.

-¡Está bien, ahora voy a arreglarme! – exclamó Armando airado, mientras se sentaba en el borde de la cama, para a continuación levantarse y dirigirse al cuarto de baño.

Veinticinco minutos después había terminado de arreglarse y cambiaba el programa de la casa para que ésta se ventilara y el robot hiciera limpieza mientras él estuviera fuera. Lo dejó todo listo, cogió su abrigo de invierno del perchero, y salió al descansillo de la escalera, en dirección al ascensor. En un primer momento había pensado en buscar aquel programa entre los servicios del sistema domótico y desactivarlo para que no volviera a amargarle el día, pero mientras bajaba en el ascensor se dio cuenta de que era mejor dejar las cosas como estaban.

FIN

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ESTÍMULO PSICOLÓGICO
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