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"1:er concurso de relatos de domotica" |
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| MI CASA TE QUIERE - ¿Dígame? - Buenos días. Llamo del Servicio de Asistencia a Domicilio. ¿Es usted...? - Me llamo Eva. Sí, me marcho hoy mismo: dos semanas de trabajo en la oficina y una fuera de la ciudad, por un congreso. Verá... yo, normalmente, trabajo en casa, pero estas reuniones anuales son necesarias... por la coordinación, ya sabe. - Comprendo. Según nos hizo saber, tres semanas en total. ¿Qué tal se lo ha tomado su abuela? - Bastante bien, creo. En su mundo, como siempre. Le paso la llamada a su habitación. Espero que esté despierta. - Gracias. Buen viaje. Tras un chasquido casi imperceptible, se oyó otra voz. - ¿Diga? ¿Cree que son horas? - Buenos días. Llamo del Servicio de Asistencia a Domicilio. ¿Es usted...? - Cálmese, señorita, que se va a ahogar. ¡Y qué horas! - Quería entrar en contacto para comprobar que todo funciona. A partir de mañana, le haré una llamada diaria, a la hora que acordemos. Por favor, pulse el botón del colgante que le ha dado su nieta, para que comprobemos que funciona. ¡Perfecto! - No es mi nieta. Yo me llamo Celeste. Tiene una voz muy agradable, joven, pero como siga llamando tan pronto, tiraré su colgante por el retrete autodesinfectable ese. Eva conectó la bajada de las persianas, las alarmas y el temporizador del horno, comprobó una vez más que las cámaras funcionaban y, echando un vistazo desde el vestíbulo, se dispuso a salir hacia la oficina. Detector de gas, de humo, cortinas... Todo estaba preparado para que la abuelita no se viera obligada a moverse por la casa, aunque tenía... - ¡La silla de ruedas! ¡Cuántas veces le he dicho que no puede ir por el pasillo a esa velocidad! - ¡Tengo frío! - Está a veintidós grados. - Soy una pobre vieja y me quieres matar de frío. - Usted sabrá. Se lo pongo a veinticuatro, pero luego no me llame a media mañana para que se lo cambie. - Pero si no te lleva nada de tiempo, muchacha. - En eso tiene razón, pero el tener la casa automatizada no significa que no tengamos que estar acostumbradas al paso de las estaciones. Veo que no ha colgado el teléfono. - Es que seguimos hablando. Eva sonrió, cariñosa, y se despidió. La abuela volvió a su llamada. - Pues verá, joven. Se llamaba Ángela, ¿no?. Mi nieto era arquitecto, como ella. Muy tímidos los dos. Se casan aquí, y su sueño es el hogar perfecto, con todo automático, y enchufes listos, y ordenadores conectados en los cuartos... Y un nieto para mí... Hay un escape de gas, en un apartamento pequeño, donde vivían, y nada que hacer, que él no despertó... - ¡No llore, doña Celeste! - Ella está muy triste todo el tiempo. Al principio, con construir la casa, y que todo quedara estupendo... Como un niño. Pero se pasa el día encerrada y, como no le hace falta salir, y lo hace todo por el ordenador y el teléfono... Que es muy cómodo, no crea... Pero ella se va a la parte de atrás, que da al norte, con las ventanas chiquitas, y se encierra ratos largos en una habitación, y lo apaga todo, con lo que le gustan esos ordenadores, y llora ella sola. ¿Por qué se ríe usted? - Me recuerda a una persona que conozco, tan tímida que parece que sólo le gustan los ordenadores... Ángela empezó a llamar a la abuela todos los días, mientras Eva se preparaba para partir, y así pasaron las semanas, y salió en viaje de trabajo. La abuela, fiel a su costumbre, no dejaba de llamarla para que subiera y bajara la temperatura a capricho, y Eva desarrolló una especie de sexto sentido; cada mañana consultaba el tiempo por internet y enviaba las órdenes a la calefacción, las persianas y las cortinas... Por eso, el día de su retorno la sorprendió mucho lo que encontró: la alarma contra intrusiones desconectada, el jardín inundado por los aspersores, un calor sofocante en el sur y un frío helador en el norte del edificio... ¿Qué habría ocurrido? Doña Celeste salió de la cocina; Eva, extrañada, creyó verla sonreír por un segundo. Era muy raro lo que ocurría, porque ella había venido consultando los consumos de luz, gas y agua en su PDA, y todo parecía normal. Confusa, se sentó en el sillón, sin saber por dónde empezar. Revisó, sin novedad, los paneles de control a los que podía acceder la abuela. - No te preocupes, muchacha; la cena ya está, y he llamado al servicio técnico. Debe de estar a punto de llegar. Como si sus palabras fueran una señal, en ese momento oyeron el timbre. Eva temía no poder ver al recién llegado, pero el videoportero funcionaba, y le mostró al propietario de un agradable par de ojos castaños, que sostenía una tarjeta de identificación, tendida tímidamente. Tampoco tuvo que salir a abrir, pero lo que no pudo evitar fue que los aspersores del jardín empezaran a funcionar a la vez, empapando al visitante. ¡Cómo podía ser! ¡Qué embarazoso! Sin embargo, al mirar el reloj, se dio cuenta de que era la hora exacta a la que debían ponerse en marcha. El recién llegado no se desalentó, y se acercó hasta la puerta de la casa, tocando el timbre justo en el momento en el que Eva, que había observado cómo cruzaba tranquilamente el jardín, la abría. En el momento en que atravesó el umbral, las luces de la sala recuperaron el brillo que habían perdido, y el termostato volvió a desempeñar su función. Todo se puso a funcionar como debía en cuestión de segundos. - Parece que le hemos llamado en vano... Ya me extrañaba a mí... - No se preocupe – dijo el hombre, sin perder la sonrisa. - Al menos permítame ofrecerle algo para secarse... En el baño hay toallas calientes, y secadores, y tenemos la otra secadora... ¿Quiere cenar algo? No sé cómo compensarle. - Iré a secarme, gracias. Sólo serán diez minutos. Dos horas y muchas risas después, Eva y el técnico habían dejado los platos en el lavavajillas y a la abuela durmiendo plácidamente, y salían a despedirse al jardín. - Hacía años que no lo pasaba tan bien. ¡Y ni siquiera sé cómo te llamas! - Entonces tendré que darte mi tarjeta, por si vuelves a necesitar un técnico en domótica. - ¿Por qué hablamos tan bajo? Es imposible que la abuela nos oiga, con el aislamiento que tiene la casa. - Porque crea ambiente, como cenar con velas. En el momento en que el joven cerró la cancela del jardín para dirigirse a su coche, los aspersores volvieron a ponerse en marcha, esta vez sin ser la hora. Cuando Eva entró en casa, la temperatura era tan fría que cortaba, las luces se encendían y apagaban sin control aparente y sonaban o se iluminaban todas las alarmas. Sin perder la serenidad, Eva miró la tarjeta de visita que acababa de recibir, y marcó el número. - ¿Sigues cerca? Vuelve..., mi casa te quiere. Y, sin soltar el teléfono, se acercó de puntillas a la habitación de la abuela, debajo de cuya puerta se veía una línea de luz. La abrió en silencio, y vio a doña Celeste ante el ordenador, “organizando” la casa (¿o una nueva vida?) en un teclado que había dejado de acumular polvo durante el viaje de Eva. Esta se sonrió, tranquila, y fue a la sala para sentarse a esperar. La abuela pronto se dio cuenta de quién era el destinatario de la llamada saliente y, en cuanto Eva le abrió la puerta, las alarmas callaron; una música, que ambos habían recordado con nostalgia durante la cena, empezó a sonar; la temperatura volvió a ser suave. La casa los acogía, juntos, con un agradable abrazo. FIN |
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