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LA HISTORIA DE MI ABUELO

Cuando tuvo que dejarlo, Bárbaro tenía ya setenta y muchos años de edad, de los de antes...,vamos, muchos de los de antes y alguno de los de ahora. Empezó a ayudar el día que nació, ya que su madre prometió a Santa Bárbara que si aquella tormenta de granizo cesaba y no arruinaba las cosechas, el hijo que estaba pariendo se llamaría como "la santa". Trabajó en cuanto anduvo en las faenas que le permitían, auxiliando a sus padres en una finca agropecuaria.

Aunque, como él mismo decía, comenzó la vida laboral con 8 añitos como aprendiz en una ebanistería del pueblo... Sin cobrar una "perra gorda", claro "estaba". Primero, de sol a sol como su padre, después, empezaba un poco más temprano y acababa un poco más tarde, como su madre, pero ya no a la luz del carburo de petróleo, pues la luz eléctrica ya había llegado al taller como a muchos otros rincones.

Aunque la expansión de la electricidad desde entonces fue imparable, lo fue a mayor o menor velocidad según que ámbitos. Así, la bombilla, que se había convertido en su compañera inseparable para extender la jornada laboral, brillaba por su ausencia cuando iba junto con otros niños, a las clases nocturnas del cura don Antonio, aguantando detrás de la sotana del padre las pedradas de los muchachos del barrio pobre del pueblo, que veían en aquella incursión de muchachos extraños una invasión de su territorio y en el candil de éste, una diana alcanzable.

Después de trabajar como niño, para aprender la profesión, recibiendo a veces como único pago un rico y escaso mendrugo de pan duro de la posguerra que llevaba a su casa para compartir con su hermana y sus padres, lo hizo, como muchacho de lunes a domingo, y luego como hombre, no cejando en su empeño de alejar el hambre y la pobreza de sí y los suyos. Con mucho afán de superación se instaló como autónomo, y pasó a empresario con una pequeña empresa floreciente.

Estos años, prestó ayuda a todo aquel que pudo, a clientes humildes de los que sabía que nunca cobraría, y que eran atendidos, a personas que le pedían trabajo y a las que la empresa no necesitaba pero eran contratadas, como aquella vez que amplió su fabrica de muebles con una tienda de muebles y electrodomésticos para contratar a la hija en paro de un amigo. Por ayudar necesitó trabajar más y más, para que no hubiera ningún trabajador sin su trabajo y por ende sin su salario.

Pero tras veinte años de bonanza, los vientos volvieron a ser contrarios, y su negocio se fue transformando poco a poco en una empresa en declive. Cuando ésta contaba con treinta años de existencia, se hundió, llevándose en su naufragio absolutamente todas las propiedades de la familia, desde el taller y la tienda hasta un camión de transporte, pasando por la casa de Bárbaro, sus coches, los enseres de Inés... todo, incluido su esfuerzo, su orgullo y sus ilusiones.

De vuelta a asalariado sin cargo como emigrante en el Barcelona precisó de mucha ayuda, pero apenas recibió alguna. Años después, como encargado, sin sueldo algún que otro mes, precisó de trabajar mucho más para salir de nuevo adelante... Y más o menos salió, con su pareja inseparable, con su apoyo en los días malos, que habían sido tantos, salió, ahorrando algunas pesetas para comprar euros un pequeño apartamento cerca de su tierra natal.

Llegó a viejo sin reparar en ello, y cuando lo jubilaron a los setenta con gran pena de su corazón, Bárbaro no paró, no sabía hacerlo: trabajar y ayudar, ayudar y trabajar, para él ambos términos significaban lo mismo, y lo continuaba haciendo tanto fuera de casa como en casa ayudando en las tareas del hogar a su mujer Inés, ya que los seis hijos que alumbró y los cuatro que sacó adelante, así como los innumerables problemas superados o no, le habían pasado primero factura a ella, mermando una naturaleza menos favorecida que la de su marido.

Sin embargo tanto esfuerzo, tanto estrés acumulado, un accidente de circulación vial y otro de circulación sanguínea, altibajos económicos y tanto año, un día le impidieron continuar, y su salud empeoró en avalancha, como si hubiese cesado alguna fuerza que hubiera estado frenando todas las enfermedades que este hombre no tuvo tiempo de tener.

En su cabeza había una idea que lo incomodaba: que sería de ellos si su salud continuaba empeorando, que sería de Inés si él se iba antes. Ella al lado de él, sentada ya de por vida, le miraba con una mirada profunda, como si pensara lo mismo, pero no quisiera preocuparlo. Toda una vida de sacrificio...sin tener descanso al final. Nunca se había rendido, pero ahora sentía miedo. No tenían amigos, los habían perdido a todos con la emigración, la muerte y con tantos problemas.

Y sus hijos, cada uno con su familia y sus propios problemas, una separada, otra cargada de niños, el mayor, gerente de una pequeña empresa con una vida sin tiempo para sus hijos y mucho menos para los abuelos de sus hijos, y el último, quién sabe donde, con su ONG, ayudando como su padre, pero en los confines del mundo.

Solo Ana, una de sus nietas pasaba de cuando en cuando a verlos. Sus padres decían que aquella hija perdía demasiado tiempo con la gente, que debía estudiar más y preocuparse menos de los problemas ajenos. Pero su abuelo, su abuelo la entendía bien, sabía que era como él había sido antaño, un espíritu libre ansioso de dar todo lo bueno que podía dar, también sabía que los tiempos habían cambiado, que se podía trabajar para vivir, y no era necesario vivir para trabajar para poder subsistir, las necesidades ya no eran básicas.

La chica sentía adoración por sus abuelos, además, como se sentía unida en cuerpo y alma al viejo, sufría al verlo apagarse lentamente. Ella tenía su vida, y no deseaba renunciar a sus ilusiones, pero tampoco a sus planes de salvar el mundo o una pequeña parte de él, empezando por ellos. No podía dejarlos en la estacada como antes lo había hecho tanta gente, por ello en sus visitas intentaba auxiliarles en todo. A sabiendas de que no podría estar siempre así, en su cabeza daba vueltas y más vueltas a aquella preocupación.

Pasaba el tiempo, cuando un día, oyendo un programa de radio, escuchó que en Francia se estaban construyendo viviendas de protección oficial con instalaciones que permitían que un hogar funcionase de un modo autónomo. Antes de que la noticia hubiera acabado en su mente había surgido un castillo de ideas que tardó poco en compartir con su abuelo. En un plan prefijado, los esfuerzos de abuela y nieta comenzaron a dirigirse a un único fin: el de conseguir que el hogar funcionase de un modo autónomo, simple y controlable a distancia .

Primero recopilaron toda la información que pudieron encontrar, en hemerotecas, bibliotecas, internet, a través de los amigos de Ana...Después, con toda la información rediseñaron el apartamento. Posteriormente, hicieron presentable su idea. Y por último enviaron con una carta a los servicios sociales de la comunidad, a los partidos políticos, y a los medios de comunicación, no pidiendo, desde luego, el abuelo nunca lo había hecho, sino proponiendo una solución para personas solas de avanzada edad o con movilidad afectada por enfermedades o accidentes.

De la original idea se habló en alguna televisión local, y alguna breve reseña apareció en un periódico regional, después todo se olvidó, o pareció olvidarse.

Años después, cuando Bárbaro ya no tenía esperanza alguna de respuesta, leyó en la prensa la existencia de un proyecto de adaptación Domótica de 112 viviendas en la Comunidad para pequeños grupos de personas con discapacidad y de ancianos en soledad, tutelados por la propia administración con control por funcionarios y voluntarios. Ana no tardó en llamar para felicitarlo.

Sentado a la derecha de Inés y con algunos años y achaques más, la miró en paz, y sus ojos comenzaron a brillar como tantas veces lo habían hecho cuando salía de un atolladero en su juventud, ella al ver el brillo en los ojos de él lo entendió, y sonrió tranquila y dulcemente.

FIN

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