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JUGANDO A DOMÓTICA

El Estrella estacionó en el andén 2. Marina lo vio desde la estación y tuvo que apresurarse por el subterráneo. Alcanzó la vía y recorrió, como una exhalación, la recua de vagones, hasta que distinguió el 131. Una vez dentro, se aventuró por el pasadizo sin perder de vista las etiquetas de los asientos, hasta que encontró la número 61. No estaría sola, el asiento adyacente lo ocupaba un joven de aspecto descuidado, con un aire hippie insinuado por una barba lacia y desordenada, que se entretenía jugando una partida con su móvil.

Marina agradeció el silencio que reinaba en el vagón. Pocas veces se había encontrado con un ambiente tan poco recargado de vocerío u otro tipo de incómodos ruidos. Colocó el portátil en su falda, abrió la tapa y lo encendió. Entre la variada gama de iconos de la pantalla, seleccionó la carpeta llamada Domótica, y dentro de esta carpeta, hizo clic en el icono de una cámara de video.

Cada día, a las 15:05 horas, Marina se subía en el tren que la enviaba del trabajo a casa. Le esperaba una hora de recorrido, que destinaba a comprobar el estado de la casa y de sus gemelas.

La pantalla de su portátil se dividió en seis cuadrículas. Cada una de ellas representaba una estancia de su casa, filmada desde una cámara: el dormitorio, el estudio, la cocina, el salón, el pasillo y el jardín. Comprobó una a una las habitaciones, en busca de movimiento, y en el dormitorio vislumbró a Virtudes colocando a sus gemelas, Elisa y Carolina, en el parque. Después vio como la mujer cerraba la puerta del dormitorio y, tras recorrer el pasillo, salía al jardín para regar los crisantemos.

Marina, después de aquel recorrido visual, levantó un momento la cabeza para comprobar el ambiente del vagón 131, que seguía gobernado por una acogedora serenidad. A su lado, el joven seguía enzarzado con el móvil. La ventana indicaba que abandonaban el barrio más alejado de la ciudad, y se adentraban en el decorado campestre.

Regresó a las seis cuadrículas que mostraba el monitor. En el margen inferior derecho de cada uno de ellas, el icono de un termómetro señalaba la temperatura ambiente. Comprobó que sus gemelas estuvieran bien abrigadas. Luego observó, con una dulce sonrisa arqueando sus labios, a sus retoños jugando dentro del parque, disputándose con vehemencia la posesión de un patito de goma. Quería abrazarlas, pero las separaba una distancia de setenta kilómetros.

Marina se dedicó a observar la cámara del jardín. Virtudes regaba las flores con la manguera. A la espalda de la mujer, Canela, la gata siamesa, entraba en el porche y se colaba por la puerta entornada de la casa.

Marina se enojó por el descuido de Virtudes: la gata tenía vetado el acceso al interior mientras no estuviesen sus padres. Canela discurrió sigilosa por el pasillo interior, hasta detenerse frente a la puerta del dormitorio. El felino acechó la puerta, como si aquel objeto de madera fuera su próxima presa, hasta que saltó y se abalanzó sobre el tirador. La astuta acción dejó atónita a Marina ¿desde cuando Canela abría las puertas?

La cámara del dormitorio mostró a Canela avanzando con cautela por la moqueta. La entrada de la gata fue recibida con la sonrisa infantil de Elisa y Carolina, que se levantaron ayudadas por el respaldo del parque, embobadas en la trayectoria del siamés, que se subió a la cama de matrimonio con la intención de dormir un poco. Elisa, impulsada por la ruda e inocente voluntad de los bebés, arrojó el patito de goma, con tal puntería, que dio en el lomo de Canela, la cual reaccionó con un respingo, un vuelo y un aterrizaje sobre el respaldo del parque. El parque se balanceó por el golpe, hasta caer en el suelo.

Marina correspondió a la acción con otro respingo, que súbitamente la levantó del asiento del vagón. Aquella acción alertó al joven de al lado, que la miró curioso y extrañado. Marina notó que el sudor empapaba su frente. Regresó a su asiento para ver el dormitorio. Se sintió más tranquila cuando observó a las gemelas incólumes. Canela había abandonado la habitación, para volver al pasillo. Elisa y Carolina se desprendieron de la red del parque y empezaron a gatear por la moqueta del dormitorio, hasta que también dejaron el dormitorio.

Marina sacó el móvil y tecleó el número de Virtudes, que sonó, solitario, en el salón. La mujer seguía ensimismada con los crisantemos. Luego tecleó al fijo, y la llamada sonó en el pasillo, hasta que se accionó el contestador.

Su marido, de viaje de negocios, no podría ayudarla. Mejor sería no alarmarlo. Pensó en llamar a la policía, pero encontró estúpido denunciar que sus gemelas se habían escapado del parque.

Mientras, el siamés se había abalanzado sobre otro tirador abriendo la puerta de la cocina. Elisa y Carolina discurrían por el pasillo, como dos corderos extraviados de un rebaño, gateando con la energía de quien descubre un nuevo mundo, más apasionante que el que les ofrecía el parque. Marina, desde el portátil, encendió la luz del pasillo y controló que la temperatura fuese la adecuada para sus hijas.

En aquellas circunstancias, se le antojó que lo más importante era evitar que sus hijas se introdujeran en lugares tan peligrosos como el lavabo o la cocina. Pensó que debía buscar la forma de enviarlas al dormitorio o al estudio. Pero, ¿Cómo? Su mirada recorrió los diversos íconos y carpetas de Domótica, esperando en aquellos dibujos un indicio revelador, hasta que sus ojos se detuvieron en la carpeta designada como Estudio.

La cámara del interior del estudio no señalaba la presencia de ningún objeto peligroso en el zócalo o el suelo. Aquello impulsó a Marina a poner en práctica su plan. Accionó la televisión y el aparato de alta fidelidad, mientras buscaba entre varias cintas de video. Al final, el selector automático introdujo en la ranura del aparato, una cinta que reproducía el primer cumpleaños de sus hijas. Accionó la cinta, al mismo tiempo que elevó el volumen de los altavoces.

Las gemelas, obsesionadas en alcanzar la cocina, se detuvieron al oír una voz familiar, la de sus padres, que provenía del estudio. Aquella voz las conminó a cambiar su dirección. Alcanzaron el estudio, y se quedaron pasmadas, observando la televisión que las mostraba junto a un enorme pastel de cumpleaños, rodeadas de sus padres, que las invitaban a soplar la única vela.

Marina fue la que realmente sopló, pero de tranquilidad. Tenía a sus hijas a buen recaudo, entretenidas en aquella alegre escena del pasado. Desde la ventana del tren vio el decorado forestal de pinos y encinas, acercándole a su destino. También observó que el joven parecía más atento al monitor que al juego de su móvil.

Volvió a llamar, pero no obtuvo ninguna respuesta. Siguió a Canela, que había entrado en la cocina. La gata empezó a rodear el acuario donde, deambulaban temerosos y expectantes, los pececitos Pipino y Albino. Marina se encontró ante un nuevo peligro: aquellos animalitos le inspiraban cariño y, a la vez, pena. La cámara le mostró la zarpa de Canela, que empezó a asomar por el agua del acuario.

Otra idea impulsó a Marina a seleccionar uno de los iconos del portátil: aquél cuyo dibujo representaba el cubo de la basura. Accionó el botón y al unísono, en la cocina, se abrió de forma automática una de las portezuelas de uno de los armarios, que expulsó al exterior el cubo de basura. El ruido sustrajo a la gata de su acción. Un aroma de carne asada se desprendió de aquel recipiente cónico y envolvió la cocina, cautivando a Canela. La gata olvidó el acuario y se dirigió, impaciente, al cubo de la basura. Se subió al interior del mismo, y en aquel momento, Marina pulsó otro de los botones de su portátil. Movido por un resorte, el cubo regresó al interior del armario de la cocina, cuya portezuela se cerró, con Canela en su interior.

Marina soltó un agudo suspiro. Estaba controlando la situación. Los bebes seguían hipnotizados por las imágenes del monitor. La temperatura del estudio era de 22 grados. Se secó el sudor. Observó el jardín donde Virtudes regaba los claveles, hasta que un ruido estridente la sustrajo de su trabajo. Era el ruido de uno de los cubos de basura, que era expulsado al exterior por la cinta automática de la cocina. Virtudes trató de entender aquello, pues no tenía sentido que la cocina trabajase sola, y pensó que alguien había accionado la cinta transportadora. ¿Y qué hacía Canela saliendo del interior del cubo? Virtudes, que no salía de su asombro, recorrió con sus ojos la trayectoria de la gata, que del porche pasó al interior de la casa. Soltó la manguera y persiguió al felino, que tenía vetado el acceso a la casa cuando sus padres no estaban.

Virtudes se encontró a las gemelas en el suelo, mirando la TV. Las recogió para llevarlas al dormitorio. Allí encontró el parque tumbado en el suelo. No entendía nada. Lo alzó y colocó en él a Elisa y Carolina. Luego fue a la cocina para atrapar a Canela, justo antes de que lanzara uno de sus zarpazos a Pipino, y la restituyó al jardín.

Cuando Virtudes colocó, de nuevo, a las gemelas en el parque, Marina presintió que el problema se había resuelto. Desde la ventana reconoció las primeras casas que anunciaban su destino. Después de cerrar la tapa del portátil, advirtió que aquel joven había estado mirando la pantalla. El chico no pudo evitar una indiscreción, y después de mirar a Marina con sus ojos claros, le espetó:

- Este en un juego fabuloso, increíble. Parece tan real ¿puede decirme el nombre del mismo?

Marina arqueó sus labios, sonriendo a la ocurrencia, hasta que le contestó:

- Domótica, el juego se llama Domótica.

FIN

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