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"1:er concurso de relatos de domotica"

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LA TRAICIÓN DEL ORDENADOR

Una tenue música me despertó del duermevela en el que había caído. El ordenador me avisaba de que era la hora de continuar con el trabajo. Me desperecé del sopor de la siesta y, aún sin vencer la abulia vespertina, me senté delante del teclado. La respuesta inmediata a mi acción fue que se activó una luz blanca, intensa, como si la potente luminiscencia surgiese de una nave espacial, que dejó sin un hueco de sombras la amplia y moderna mesa de mi escritorio. Chasqueé los dedos pulgar y corazón de mi mano derecha y el aparato reproductor de cedés se puso en marcha. La Novena Sinfonía de Beethoven se adueñó de la habitación. Miré el reloj de pared situado encima de un espejo que reflejaba mi demacrada cara. El rostro anodino y vulgar de un hombre de cincuenta años que vivía solo en una mansión altamente tecnificada. Faltaban cinco minutos para que el cerebro artificial que gobernaba mi casa ordenase a la cafetera que preparase el café que me tomaba a las 17.45 horas. Mis papilas gustativas se activaron al pensar en el oloroso líquido que iba a beberme. Me sobrepuse a ese destello de gula y le pedí al ordenador que me explicase algo en lo que yo, se suponía, era un experto. Mi editor me había encargado un relato y deseaba, antes de escribirlo, cotejar mis conocimientos con los almacenados por la computadora que me ayudaba en mi labor fabuladora y dirigía, como el mayordomo más eficaz y fiel, los destinos de mi vida doméstica.

- ¿Qué es la domótica? -pregunté con la voz nasal que tengo recién levantado

- La palabra domótica proviene del término latino 'domo', que significa casa. Así pues, la domótica es la tecnología que se ocupa de lo que se denomina casa o edificio inteligente.

- ¿Y cuál es su función? -inquirí, con la curiosidad de saber si el concepto que tenía la máquina sobre la inteligencia artificial era el mismo que manejaba yo.

- Muy fácil -respondió con su voz metálica, fría, impersonal-: la domótica hace más seguro y agradable nuestro entorno al desempeñar tareas como encender las luces del comedor, abrir los grifos del cuarto de baño, programar la alarma, avisar de la entrada de un intruso, subir y bajar las persianas, calentar la comida o despertar a los niños para que no lleguen tarde al colegio.

- ¿Y qué ventajas ofrece a quien la utiliza? -volví a preguntar.

-La domótica reúne una serie de aplicaciones tecnológicas en los edificios con la finalidad de aumentar la calidad de vida y el confort de sus habitantes. Además, sirve para disminuir las tareas del hogar y para racionalizar el uso energético.

- Gracias.

- De nada.

Un pitido que recordaba al de una locomotora en miniatura interrumpió nuestra conversación. Me levanté del cómodo sillón con diseño ergonómico y me dirigí a la cocina. La luz del pasillo se encendió en cuanto puse un pie en él. "Café". Esta sola palabra bastó para que la cafetera volcase el líquido en una taza, y una cuchara moviese automáticamente el azúcar caído a cámara lenta desde un azucarero traslúcido. El café estaba a la temperatura justa, ni demasiado caliente ni demasiado frío. A mi gusto. Me lo bebí despaciosamente, recreándome en aquel pequeño placer que me alegraba las tardes y me infundía ánimos para seguir escribiendo.

Volví a mi estudio y comencé a dictar el relato. Las letras se iban engarzando con la precisión de la maquinaria suiza, dando paso a frases trabadas entre sí por mis deseos creadores. Los párrafos se sucedían de forma vertiginosa. El ordenador plasmaba delante de mis ojos las ideas que le dictaba con mayor celeridad de la que yo las extraía de mi cerebro:

"Siempre he pensado que la única finalidad del dinero es gastarlo en uno mismo. Yo soy escritor y vivo obsesionado con la seguridad. Ha sido ese miedo a que traspasen mi integridad, un pánico cerval que me convierte en una persona adusta y atemorizada sin que haya motivos para ello, el que ha hecho que gaste una verdadera fortuna en instalar en mi chalet los métodos más sofisticados, la tecnología más moderna que existe en el mercado, las cámaras más precisas y las alarmas más sensibles. Soy, como ya he dicho, escritor; un escritor de fama reconocida, disputado por las más prestigiosas editoriales, alabado por los críticos más duros, querido por millones de lectores; un escritor que ha logrado triunfar gracias a su habilidad para narrar historias que interesan a todo tipo de público, que, una vez comienzan a ser leídas, no se abandonan hasta el final. No puedo quejarme.

Soy rico, mucho más rico de lo que podía soñar cuando, hace más de veinte años, me publicaron mi primera novela. Entonces era un joven creador que apuntaba maneras, pero no atesoraba más que un incipiente talento. En esa época no sentía miedo de nada ni de nadie. ¿Cómo sentirlo si no tenía nada que perder? Ahora me he convertido en un ser huidizo, emboscado en su fortaleza interior, que vive en una cárcel de oro de la que apenas sale, salvo cuando no queda otro remedio. Si me algo hace feliz, una vez conseguido el dinero y el reconocimiento de los lectores, es que he creado un paraíso de seguridad infranqueable, un castillo del que soy el único señor, nadie más que yo posee la clave que desentraña el arcano de mi arcadia inviolable.

Pero a pesar de que sé que nada malo puede sucederme aquí dentro, bajo estos altos techos, fuertes como sillares de una catedral románica, separado del mundo por unas paredes graníticas, con una valla de cuatro metros de altura que rodea el perímetro de la vivienda y que emite descargas eléctricas cuando se acerca alguien que no reconoce el sistema informático, cada noche, al introducirme en mi cama, dotada de un mecanismo de alarma que salta simplemente con el vuelo de una mosca, el terror a la muerte se apodera de mí impidiéndome conciliar el sueño hasta que el agotamiento me vence, ya de madrugada. Cuando me duermo es peor aún. Las más atroces pesadillas me atrapan y, sin darme un resquicio de tregua, me llevan a un mundo horrible, en el que me veo convertido, una veces, en una bestia inmunda, con apariencia de persona, que es vapuleada sin cesar por un gigante asqueroso de dos gibas en la espalda de las que le supura una pus hedionda; y otras, en un reo conducido hasta el cadalso, donde un hercúleo verdugo, con un hacha de descomunal tamaño, me decapita con un golpe seco y certero. Sin cabeza, mi tronco se agita aún unos segundos en los que oigo cómo se aproxima la muerte, una vieja muy morena y fea, de piel arrugada como un higo, que lleva apoyada en su hombro izquierdo una guadaña. Me despierto empapado en sudor, con un temblor nervioso que sólo supero a medida que la luz del sol se introduce en mi cuarto.

Pero la más alucinante de mis visiones es la de un hombre de cincuenta años que dicta un relato sobre domótica a su ordenador, a la máquina que se encarga de velar por su seguridad, que activa las alarmas cuando un intruso pretende vulnerar su seguridad o que da las órdenes para que la cafetera le prepare el café que se toma todas las tardes a las 17.45. La inteligente máquina escribe con velocidad supersónica las ideas que le dicta el hombre, y continúa haciéndolo cuando detrás del escritor la sombra de otro hombre se perfila en una de las paredes, proyectando una mano armada con un afilado cuchillo. El ordenador prosigue escribiendo al dictado, sin dar la voz de alarma, consciente de que el escritor va a dejar de dictarle apenas trascurran los dos segundos que tardará la mano que sale de la sombra en
atravesarle la espalda y llegar al corazón.

Dejo de dictar el relato. Un escalofrío me recorre la espina dorsal. Sin atreverme a darme la vuelta, apago el ordenador y sólo entonces me siento seguro.

FIN

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