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"1:er concurso de relatos de domotica" |
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| EL DÍA DEL APAGÓN El día del apagón todo se quedó parado de repente. La música, la tele y el ordenador dejaron de funcionar al mismo tiempo y todas las bombillas se apagaron. Yo estaba solo en mi cuarto. Había estado chateando con los colegas del colegio, preparando la salida para el viernes. Sin embargo, en un momento las imágenes de las pantallas se encogieron, los aspersores se pararon y se callaron los bafles. El silencio, un silencio sin zumbidos, blanco y transparente, me tenía sobrecogido. La oscuridad lo invadía todo a medida que la noche se instalaba en nuestro mundo como un negro presagio. Así fue tal vez la vida, pensé, cuando el hombre no sabía encender fuego. Pero ahora... Era terrible... Me inquietaba el que mis ojos no veían a pesar de que miraban. Tenía miedo. Por eso llamé a mamá: - Mamá, ¿dónde estás? Mamá, ¿me oyes?. Para huir de lo oscuro me asomé a la ventana. El mundo exhibía sus contornos sombríos bajo la luz de la luna. Era extraño. Salvo un perro que levantaba una pata ante el tronco grisáceo de una acacia y una lechuza volando, casi nada se movía. Me di la vuelta preocupado: ¿por qué no contestaba? Apenas hacía un minuto que ella me había preguntado por la cena: "si quieres te la preparo", me había dicho. Por lo tanto, ¿dónde estaba? No podía haberse ido sin decírmelo. - Mamá, ¿qué haces? Venga, responde- le grité desde mi cuarto y sentí como erupciones en los pelos de mis brazos, esa carne de gallina que acompaña a la inquietud. El miedo estaba creciendo. Un molesto escalofrío se extendía por mi espalda. Necesitaba encontrarla, así que salí a su encuentro. Iba hablando, escuchando mis palabras navegar por el silencio, disfrutando de su compañía, acompasando mis pasos indecisos a su ritmo entrecortado. - Voy a buscarte, mamá, ¿me oyes? Salí del dormitorio a tientas. Con los brazos extendidos hacia delante para proteger mi rostro, llegué hasta la pared y giré noventa grados. Después, con los brazos dispuestos ahora en cruz, recorrí el largo pasillo. En el fondo me esperaba la cocina. -¿Estas ahí?, mamá - pregunté. Agarré el picaporte y lo hice girar. Luego empujé con mi brazo hacia delante. Las bisagras chirriaron como siempre mientras la puerta se abría. Ante mí estaba mamá. El corazón me dio un vuelco. - Mamá, ¿qué te ha pasado? Contesta mamá, ¿qué pasa? Ella yacía en el suelo con los ojos abiertos y clavados en el techo. Estaba fría como un témpano, pálida como el alabastro, rígida e inexpresiva. Me puse de rodillas y me incliné sobre su rostro. - Mamá, por favor, contesta... Contéstame te lo ruego. Yo gritaba y la agitaba como hacía con los muñecos estropeados que dejaban de moverse, al tiempo que un nudo crecía en mi garganta. Sin saber qué le pasaba, yo sentía que algo grave la ocurría, pues no respiraba apenas, ni me hablaba ni pensaba... Mis lágrimas se deslizaban por mis mejillas y caían sobre su rostro como dardos de cristal inofensivo - No me dejes. Si te marchas sin avisarme, si me abandonas ahora, te echaré mucho de menos... Vamos, mamá, no me asustes. Despiértate de una vez y dime qué es lo que pasa. Por favor, mamá, no me abandones... Y
fue entonces, justo entonces, que se oyó el chisporroteo que encendía
el fluorescente y el reloj del microondas empezó a parpadear. El
sensor del termostato y la célula fotoeléctrica que accionaba
la cámara revivieron de repente como piezas dirigidas por una razón
portentosa que creaba de la nada el movimiento. Desde lejos, se escuchaba
en el salón el ruidoso recorrido por los surcos de cristal llenos
de música de aquel inofensivo láser, superpuesto a la sonata
del anuncio navideño de la suerte en blanco y negro que en la tele
aparecía por azar. Fue un instante, un segundo necesario para que
millones de impulsos se acordaran y la incipiente red domótica
se pusiera en funcionamiento como un coro sometido a un director. ¿Quién - "Reconstruyendo el sistema. Conectando... Estoy lista... Me quiero sentar... Estoy lista... Estoy lista..." FIN |
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